En el aula hospitalaria, los niños vuelven a ser niños. Entre risas,
construcciones, dibujos y juegos de mesa, encuentran un espacio donde la
hospitalización se siente un poquito menos pesada. El juego no solo les
divierte: también favorece la creatividad, mejora la atención y les permite
expresar emociones que a veces no saben poner en palabras.
En estos momentos, cada juego compartido y cada
actividad lúdica se convierten en un respiro necesario. Porque cuando un niño está
hospitalizado, jugar no es solo un pasatiempo… es una herramienta
poderosa
para sanar, aprender y sentirse acompañado.
Además, aquí también nacen amistades especiales, como la de Lucas y Unai,
que descubren que más allá de la puerta de su habitación se pueden forjan
buenas amistades y que jugar juntos hace que todo sea más fácil.




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